En resumen, se crea un fondo, no se lo dota de recursos y se lo deja al pairo de los turbulentos mercados actuales. Ahora plantean un nuevo fondo, pero posponen su lanzamiento a junio del 2012. Vamos, que está la situación como para eso.
Seguidamente, y después de enzarzarnos en una frenética discusión de cómo resolver el problema griego, se llega a la obviedad de que una restructuración de su deuda es inevitable, y se maneja una quita del 50%. Sin embargo, se pretende que esa quita sea voluntariamente aceptada por los acreedores para evitar la activación de los credit default swaps (CDS), seguros que cubren el riesgo de crédito de un emisor.
Como era de prever, ello exacerbó la crisis de deuda soberana, pues los inversores intensificaron la venta de deuda de los países periféricos ante la anulación de los instrumentos que servían de cobertura de ese riesgo, los CDS. Reconociendo el error, el viernes, en uno de los pocos acuerdos alcanzados, se decidió no forzar las quitas voluntarias.
A continuación, me gustaría destacar la errática gestión de la política monetaria por parte del Banco Central Europeo, especialmente en la fijación de los tipos de interés. En abril ya advertí de ello cuando alerté sobre el evidente error que suponía elevar los tipos. Y no porque el importe de la elevación fuese relevante, sino por el mensaje que se transmitía al mercado, próximo a una ortodoxia extremista e irracional.
Llegó entonces el turno al sistema bancario, que pasó por tres pruebas de solvencia, cada cual con resultados dispares e incongruentes. Baste recordar que la banca irlandesa superó con éxito la primera prueba, para, pocas semanas después, presentar un default masivo. O los nuevos requerimientos de capital impulsados por la Agencia Bancaria Europea, que en teoría deberían haber servido para exigir más capital a aquellos bancos con fuerte exposición a Grecia (alemanes y franceses) y que, finalmente, terminaron exigiendo más capital a los que no tenían riesgo de Grecia en sus carteras, como es el caso de los españoles.
Todo ello ha deteriorado, sin duda, el crecimiento de Europa, y nos ha abocado a una situación
que es difícilmente sostenible.
